No lo puedo evitar: En vacaciones siempre me pasa lo mismo. Desde hace años. Sin ni siquiera darme cuenta. Y luego cuesta horrores abandonar la mala costumbre. Aunque la verdad, tampoco creo que sea tan perjudicial: Al fin y al cabo no es más que una traslación temporal...
Después de cenar suelo mirar que hay de nuevo al final del día: Mail, noticias, blogs, foros... Vaya, sin darme cuenta ya son las doce pasadas. Inicio Adobe Premiere para maltratar fotogramas: Corto, muevo, reordeno... Empiezo a cansarme de tanto video, y es que claro, ya son las tres. Dejo la edición de video y continuo con el servidor: Dreamweaver, PHP, CSS... Entretanto ya son las cinco. Debería apagar, pero de repente me acuerdo de que todavía quería hacer algo sin falta.
A las seis empiezo a tener mala conciencia. Bueno, más bien hambre. Bajo a la cocina y veo parar un autobus delante de la parada de casa. Pienso: "Claro, el N3 que recorre Arturo Soria. Pero espera, si el N3 no para delante de casa. Cierto, es que es uno de los primeros 70 de la mañana". Entre eso y los pajaros que empiezan a cantar a esa hora, mi mala conciencia aumenta exponencialmente.
Dicen que hay personas que están más despiertas por la noche y otras más por la mañana. De mi madre he hererdado el pertenecer al primer grupo. Al final me acabo acostumbrando a desplazar el horario seis horas, durmiendo de 06:00 a 15:00 todos los días de las vacaciones. Sin embargo, ultimamente tengo la sensación que esa solución no es del todo apta...
El sonido del teléfono de mi cuarto es verdaderamente desagradable. Sobre todo a horas intempestivas, como las once de la mañana. "Seguro que hay alguien en casa, ya lo cogeran". Sigue sonando. "Ya no me levanto, seguro que se corta enseguida". Sigue sonando. "Pero claro, a lo mejor es una llamada interesante...". Con dolor y esfuerzo consigo arrastrarme a oscuras hasta el teléfono, que por supuesto se cae con gran estrépito de la mesa. Y si al cogerlo no me encuentro con un precioso tono de línea, es un "Hola, ¿puedo hacerle una encuesta?".
Cuatro horas después es el telefonillo. "Hm, podría ser el pedido friki que hice por Internet, eso merece la pena". Esta vez es más fácil: El telefonillo está fuera de mi habitación, sólo tengo que seguir la luz que se ve al fondo del túnel... Pero cuidado, que la puerta es de cristal. Superado tal obstáculo, oigo por el telefonillo la voz de una señora: "Venía a ver el duplex que se alquila" (Mi tía alquila una casa en el edificio y nosotros le abrimos la puerta a la gente). Lo que me faltaba. "Tiene que haber alguien en casa para enseñarlo". Pues no. No hay nadie.
Al final no se en que condiciones he abierto la puerta de casa de mi tía, pero la he abierto. Por si acaso no me he fijado demasiado en la cara de susto de la señora. Y como no podía ser de otra manera, tres minutos después llega mi padre y otros dos más tarde mi madre: Que oportunos... Mi padre dice que no puedo ir contra el ritmo de vida del resto del mundo y a lo mejor tiene razón, pero aun así siempre acabo igual: Siguiendo el horario de La Habana :(
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